lunes, octubre 16, 2006

Justificación: ¿por la fe o por las obras?



Introducción

Una lectura rápida de las cartas de san Pablo y Santiago nos pone ante una aparente contradicción entre los dos apóstoles, pues mientras Pablo sostiene que la justificación (salvación) se obtiene por la fe y no por las obras, Santiago afirma que dicha justificación se obtiene por las obras y no por la fe solamente. Una lectura profunda muestra la evidencia de un hecho más complejo: es posible que en verdad las primeras comunidades cristianas hubiesen entrado en confusión ante esta contradicción, o más bien que los textos hubiesen entrado en contradicción ante la realidad de tales comunidades.

Lo cierto es que esta diferencia ha fundamentado bíblicamente la ruptura que se dio en el seno de la Iglesia en el siglo XVI, conocida como la Reforma. Los protestantes han tomado los textos de Gálatas y Romanos como carta fundacional de su teología y hermenéutica bíblica: sólo la fe salva, sostienen ellos. Los católicos, en cambio, considerando unos y otros textos, afirmamos que las obras son necesarias como explicitación de la fe para alcanzar la salvación.

Varios autores modernos se han ocupado del tema, apoyados en el desarrollo de la crítica histórica y literaria. Basados en ellos y en los propios textos bíblicos, vamos a hacer una aproximación al problema de la siguiente manera: en primer lugar, tomaremos las perícopas claves de los textos “opuestos” de Pablo y Santiago, con énfasis en los versículos que constituyen el epicentro de tales perícopas, y delimitaremos el problema; luego analizaremos el contexto en que fueron escritos los textos, los destinatarios y el propósito de los autores; después precisaremos el significado de los términos y ejes teológicos en cada uno de los autores; finalmente, expondremos nuestra conclusión, insinuada ya en esta introducción cuando hablamos de una “aparente” contradicción.

1. Planteamiento del problema

El “conflicto” entre los dos autores se refleja en el planteamiento de su teología en relación con la justificación/salvación del hombre (cabe aclarar que no vamos a distinguir aquí entre los términos justificación y salvación, puesto que ambos autores los utilizan casi como sinónimos, aunque con diferentes matices. Ese tema daría lugar a otro trabajo). Pablo sostiene que la justificación se obtiene por la fe y no por las obras; Santiago, en cambio, afirma que dicha justificación se obtiene por las obras y no por la fe solamente.

La doctrina paulina la encontramos expresada en primer lugar en Ga 2,15-21, donde el apóstol sintetiza su mensaje, cuyo epicentro es el siguiente:

“… conscientes de que el hombre no se justifica por las obras de la ley sino por la fe en Jesucristo, también nosotros hemos creído en Cristo Jesús a fin de conseguir la justificación por la fe en Cristo, y no por las obras de la ley, pues por las obras de la ley nadie será justificado.” (Ga 2,16)

La confirmación de esta doctrina la encontramos un poco más elaborada en Rm 3,21-31, expresada explícitamente de la siguiente forma:

“Porque pensamos que el hombre es justificado por la fe, independientemente de las obras de la ley.” (Rm 3,28)

Tanto en Gálatas como en Romanos, Pablo da un argumento bíblico del Antiguo Testamento que también va a entrar en contradicción con Santiago:

“Así, Abraham creyó en Dios y le fue reputado como justicia.” (Ga 3,6; Rm 4,3) (Cf. Gn 15,6)

En cuanto a la doctrina de Santiago, la perícopa central la encontramos en St 2,14-26, expresada fundamentalmente en los siguientes términos:

“¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: ‘Tengo fe’, si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe?” (2,14)

“Ya veis cómo el hombre es justificado por las obras y no por la fe solamente.” (2,24)

Santiago acude a la misma prueba bíblica veterotestamentaria de Pablo, pero con una interpretación diversa:

“Abraham nuestro padre ¿no alcanzó la justificación por las obras cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar?” (2,21)

Para delimitar correctamente el problema es preciso que comparemos los textos y extraigamos los términos esenciales.

En primer lugar, en Ga 2,16 Pablo afirma que: el hombre no se justifica por las obras de la ley sino por la fe en Jesucristo. En Rm 3,28 dice que: el hombre es justificado por la fe, independientemente de las obras de la ley. Encontramos los siguientes términos:

Ø No
Ø Justificado
Ø Obras de la ley
Ø Sino
Ø Independientemente
Ø Fe en Jesucristo

La negación (No… Sino) y la palabra ‘independientemente’ (o ‘sin contar con’) indican que Pablo excluye totalmente las obras de la ley como fuente de justificación para el hombre. Pablo utiliza la palabra ‘obras’ acompañada de ‘ley’, es decir, se refiere siempre a las obras de la ley, al cumplimiento de los preceptos de la ley judía (Cf. Ga 3,12 versus Lv 18,5). Además, no se refiere a cualquier fe, y mucho menos a la fe israelita, sino explícitamente a la ‘fe’ en ‘Jesucristo’.

En segundo lugar, en 2,24 Santiago afirma: el hombre es justificado por las obras y no por la fe solamente. Encontramos los términos:

Ø Justificado
Ø Obras
Ø No
Ø Fe
Ø Solamente

La palabra ‘obras’ aparece sola, no como en Pablo acompañada de la palabra ‘ley’, lo cual indica por el contexto (Cf. St 2,14-26) que Santiago no se refiere al cumplimiento de la ley judía, sino a las obras de caridad que se desprenden de la fe. La palabra ‘fe’ es utilizada sin referencia explícita a Jesucristo. Sabemos por 2,19 que el texto entiende ‘fe’ en el sentido general de creer que hay un solo Dios. Por último, la combinación ‘no…solamente’, refiriéndose a la fe, no es excluyente como en Pablo, sino que incluye a la fe tanto como a las obras.

2. Contexto, destinatarios y propósito de las cartas

Si iniciáramos el análisis a partir del contexto y destinatarios de la Carta a los Romanos nos resultaría difícil comprender el porqué del lenguaje y doctrina de Pablo, ya que no está completamente claro qué y a quién tenía en mente el apóstol cuando escribió esta epístola, aunque se sabe que la envió a los cristianos de Roma. En realidad, parece que Pablo no conocía realmente la situación de la comunidad romana, aparte de que no fundó la iglesia en la capital del Imperio y nunca había estado allá antes del año 58, fecha probable de composición del escrito.

Los expertos coinciden en que lo más seguro es que Pablo tiene en mente los problemas de otras comunidades, conocidas por él, tales como Corinto, Galacia y la misma Jerusalén. Lo que hace es una especie de compendio de su “evangelio”, basado en su experiencia misionera, para adoctrinar a los cristianos de Roma. Es de suponer que muchos de aquellos conversos procedían de la gentilidad y, por lo tanto, no conocían las tradiciones judías, razón por la cual podrían ser víctimas de los judaizantes, como había sucedido en Galacia. De ahí que el apóstol incluyera dentro de ese compendio el tema central de la justificación por la fe y no por el cumplimiento de la ley judía.

En cambio, si iniciamos el análisis a partir del contexto de la Carta a los Gálatas, resulta más fácil la comprensión de la teología paulina sobre el particular, puesto que sabemos que este escrito es anterior a Romanos (54 a 57) y en él Pablo intenta dar respuesta a la “crisis” que se vive en aquella comunidad, a la que han llegado falsos doctores, tratando de desvirtuar la doctrina enseñada por el apóstol e imponer a los cristianos venidos del paganismo la ley judía, incluida la circuncisión. Es lógico, entonces, pensar que Pablo cuando sienta su doctrina sobre la fe y las obras tiene presentes a los cristianos judaizantes, llegados probablemente de las comunidades judeocristianas de Palestina, quienes creen firmemente en la justicia retributiva del Antiguo Testamento (“… tuyo, Señor, el amor; que tú pagas al hombre conforme a sus obras” Sal 62,13). Pablo pretende mostrarles que la salvación no es retributiva, sino gratuita, que se obtiene por la fe, es decir, por la perfecta adhesión a Cristo, el Señor, sin importar las obras de la ley.

Por su parte, Santiago dirige su carta a las doce tribus de la dispersión (Cf. 1,1). Con este lenguaje típicamente judío y con el contenido general de la carta, no es difícil darse cuenta de que el autor se dirige a comunidades cristianas procedentes del judaísmo. ¿Cuáles? No sabemos si tenía en mente algunas en particular, pero probablemente se trata de las diversas comunidades dispersas por el mundo grecorromano. Lo importante aquí es que nos encontramos ante el escrito neotestamentario más impregnado de judaísmo. El autor parece ser un sabio judeocristiano que apela constantemente a la literatura sapiencial del Antiguo Testamento y sitúa sus enseñanzas morales en un marco apocalíptico. Y es en esta perspectiva moral que hay que situar la doctrina de Santiago: una fe que no se expresa en obras concretas de amor al prójimo es una fe estéril, está muerta, no salva. En definitiva, son las obras las que evidencian una fe auténtica, una religión verdadera (Cf. 1,27). No hay claridad sobre la fecha de composición de este escrito, toda vez que la misma depende del autor , tema sobre el cual no hay consenso; según los especialistas, parece que se trata de un caso de pseudonimia y habría que datar la carta alrededor del año 70; en todo caso es bastante probable que sea posterior a Gálatas y Romanos.

3. Ejes teológicos

Como se observa, hay una gran diferencia entre las comunidades a las que se dirigen Pablo y Santiago y, por lo tanto, en el propósito que persiguen los dos autores con sus respectivas cartas. Esto nos proporciona algunos elementos para entender el porqué de la aparente oposición entre los dos, pero todavía hay que estudiar los términos concretos y los ejes teológicos de los que se ocupan.

La ley

Decíamos en el planteamiento del problema que en Pablo la palabra ‘obras’ está acompañada de ‘ley’, es decir, que el apóstol se refiere a las ‘obras de la ley’. En la antigüedad la ley fue revelada al pueblo judío por medio de Moisés, pero esta ley es imperfecta, porque muestra lo que hay que hacer pero no da la gracia del Espíritu para cumplirlo. Su función es denunciar y manifestar el pecado, pero no quitarlo (Cf. Rm 7). El mismo San Pablo lo expresa claramente en el texto citado antes: “..., ya que nadie será justificado ante él por las obras de la ley, pues la ley no da sino el conocimiento del pecado” (Rm 3,20). Como se deduce de aquí, el apóstol se está refiriendo a aquellas obras que los judíos realizaban simplemente para cumplir la Ley de Moisés; pero deja ver cómo esta ley, una vez incumplida, no tiene en sí misma la posibilidad de borrar el pecado, sino tan solo de hacerlo visible.

Llega entonces la Nueva Ley, la ley evangélica, Cristo Jesús, que es la perfección de la ley divina, natural y revelada. “Concertaré con la casa del Señor una alianza nueva, pondré mis leyes en su mente, en sus corazones las grabaré” (Hb 8,8-10); o, en las palabras del propio Jesús: “No penséis que he venido a abolir la Ley, sino a dar cumplimiento” (Mt 5,17). La ley nueva es la gracia del Espíritu Santo dada a los fieles mediante la fe en Cristo Jesús. Por eso Pablo al referirse a la ‘fe’ es explícito en afirmar que se trata de la fe en ‘Jesucristo’.

Lo importante de la nueva ley es que da cumplimiento a las promesas divinas, ordenándolas al Reino de los Cielos, esto es, a la restauración del hombre en su condición original de criatura inmortal, pero respetando su libertad. De aquí parte la exhortación de Santiago:

“Porque si alguno se contenta con oír la palabra sin ponerla por obra, ése se parece al que contemplaba sus rasgos fisonómicos en un espejo: efectivamente se contempló, se dio media vuelta y al punto se olvidó de cómo era. En cambio, el que considera atentamente la Ley Perfecta de la Libertad y se mantiene firme, no como oyente olvidadizo, sino como cumplidor de ella, ése, practicándola será feliz” (St 1,24-25).

Y afirma luego: “Hablad y obrad tal como corresponde a los que han de ser juzgados por la ley de la libertad” (St 2,12). Como se deduce de aquí, el apóstol se está refiriendo a aquellas obras que nacen de la caridad, caridad que a su vez es fruto de la ‘fe’. Nos encontramos con un problema, porque Santiago no menciona explícitamente que se trata de la fe en Jesucristo. Sin embargo, por el pre-texto de esta perícopa es evidente que es a esa fe a la que se refiere. En efecto, en 2,1 dice: “Hermanos míos, no mezcléis con la acepción de personas la fe que tenéis en nuestro Señor Jesucristo glorificado”. Aquí está haciendo alusión a Dt 1,17, donde se utiliza la misma expresión referida al único Dios, objeto de la fe de Israel: “No hagáis en el juicio acepción de personas, …, pues la sentencia es de Dios”.

La Gracia

En la teología paulina es evidente que nuestra justificación es obra de la gracia de Dios. La gracia es el favor, el auxilio gratuito que Dios nos da para responder a su llamada: llegar a ser hijos de Dios, partícipes de la vida eterna. Ahora bien, la gracia es sobrenatural, escapa a nuestra experiencia y solo puede ser conocida por la fe (Cf. Rm 3,24-25). Por tanto, no podemos fundarnos en nuestras obras para deducir que estamos justificados y salvados. Sin embargo, afirma el Señor: “por sus frutos los conoceréis” (Mt 7,20). Luego las obras no son causa, sino signo visible de que la gracia santificante está obrando en nosotros. En este contexto se entienden mejor las palabras de Santiago: “Y al contrario, alguno podrá decir: “¿Tú tienes fe? Pues yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin obras y yo te mostraré por las obras mi fe” (St 2,18).

La primera obra del Espíritu Santo es la conversión, que obra la justificación (Cf. Mt 4,17). La justificación entraña, por tanto, el perdón de los pecados, la santificación y la renovación del hombre interior. Una vez santificados, el Espíritu nos comunica las virtudes teologales de la fe, la esperanza y el amor; y es precisamente ese amor, obtenido por la fe, el que nos mueve a obrar, pero ya no por cumplir un precepto, sino por misericordia y en libertad.

Libertad y caridad

He aquí el entronque entre los dos apóstoles: la ley, la libertad y el amor.

“Porque siendo de Cristo Jesús ni la circuncisión ni la incircuncisión tienen eficacia, sino la fe que actúa por la caridad” (Ga 5,6). Este solo texto basta para probar que la fe a la que se refiere Pablo no es esa fe pasiva y puramente interior que defiende la teología protestante, sino una fe operante que implica compromiso eclesial. Pablo excluye las obras de la ley como fuente de justificación, pero incluye las obras de caridad que se derivan de la fe en Jesucristo. En esa misma línea van las palabras de Santiago: “¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: ‘Tengo fe’, si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe? Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: ‘Id en paz, calentaos y hartaos’, pero no le dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así también la fe, si no tiene obras, está realmente muerta” (St 2,14-17). También Santiago se refiere a una fe operante, activa, no a una fe muerta, estéril, a una fe que incluye las obras de caridad, o mejor, a unas obras de caridad que reflejan una auténtica fe.

Según la teología paulina la antigua ley es una ley de esclavitud que tuvo una función pedagógica para darnos el conocimiento del pecado, pero, al llegar la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo para liberarnos del régimen de la ley y darnos la condición de hijos (Cf. Ga 4,3-6). Esto no significa que Pablo desprecie la ley judía – él mismo es judío –, sino que le da su justo valor; y ese valor consiste no simplemente en escucharla, sin en cumplirla, “... que no son justos delante de Dios los que oyen la ley, sino los que la cumplen: ésos serán justificados” (Rm 2,13). La justificación a la que se refiere en este pasaje no podemos equipararla con la salvación obtenida por Cristo, sino como ‘hacerse justo’ delante de Dios conforme al Antiguo Testamento. En esto encontramos una gran coincidencia entre los dos autores: lo que Pablo afirma con respecto a la ley de esclavitud (la del Antiguo Testamento), Santiago lo dice respecto de la nueva ley, la ley de libertad: “En cambio, el que considera atentamente la ley perfecta de la libertad y se mantiene firme, no como oyente olvidadizo sino como cumplidor de ella, ése, practicándola, será feliz” (St 1,25).

Finalmente, el amor es el centro gravitacional en el que confluyen los dos textos. Lo que afirma Santiago respecto de las obras apunta siempre hacia la caridad cristiana: “Si un hermano o una hermana están desnudos…” (2,15); “La religión pura e intachable ante Dios Padre es ésta: visitar huérfanos y viudas en su tribulación…” (1,27). Santiago le habla a unas comunidades que recibieron la fe, pero no llevan una moral conforme a la misma; recibieron el evangelio, pero siguen pegadas a las prescripciones de la antigua ley y a un cumplimiento puramente externo y ritual. Pablo no está lejos de esa misma intención cuando exhorta a los romanos a ofrecerse a Dios como sacrificio vivo y santo, y a renovar su mente para distinguir lo que agrada a Dios, lo bueno, lo perfecto (Cf. Rm 12,1-2); pero, sobre todo, cuando dice explícitamente que “… siendo de Cristo Jesús ni la circuncisión ni la incircuncisión tienen eficacia, sino la fe que actúa por la caridad” (Ga 5,6). Nos encontramos ante un Pablo que entra también en el terreno de la moral, y allí se encuentra necesariamente con Santiago. Habla de una fe viva, operante, eficaz (ejnergoumevnh); esta palabra se refiere a una fe que actúa con poder. Pablo le habla a una comunidad hostigada por los judaizantes, que pretenden imponer las prácticas judías (incluida la circuncisión) a los cristianos venidos del paganismo; su mensaje es claro: sólo la fe salva, pero una fe expresada en obras de caridad.

El argumento bíblico

A pesar de lo anterior, hay una cosa que todavía llama la atención: la abierta oposición que se descubre entre los dos apóstoles en cuanto al argumento bíblico que utilizan para apoyar su doctrina. Ambos acuden a la figura de Abraham. Para evitar equívocos partamos del texto veterotestamentario: “Y creyó en él (en Abraham) Yahvé, el cual se lo reputó por justicia” (Gn 15,6). Este verso forma parte de la perícopa Gn 15,1-21, en la que Yahvé le habla en visión a Abraham y le promete una gran descendencia. Nos encontramos ante un relato yahvista que está en la línea de la teología de la promesa, según la cual Dios es capaz de llevar a cabo a favor de su pueblo aquello que es humanamente irrealizable; el justo es aquel que somete su juicio a la voluntad de Dios y confía plenamente en la promesa. En eso consiste la fe.

Pablo acude a este pasaje para demostrar que lo que justificó al patriarca no fueron las obras de la Ley, es decir, el cumplimiento externo de los mandatos de Yahvé, sino la fe de Abraham en el cumplimiento de la promesa (Cf. Ga 3,6; Rm 4,3). Su argumento principal es que Abraham recibió la justificación antes de ser circunciso; recibió la señal de la circuncisión como un sello de la justicia que ya había alcanzado por la fe; luego no fueron las obras de la Ley las que le concedieron la justificación, sino la fe que poseía siendo incircunciso (Cf. Rm 4,9-11). El apóstol enseña que la plenitud de la promesa se encuentra en Jesucristo y alcanza a todo hombre que, una vez justificado por la fe, alcanza la gracia de la salvación (Cf. Rm 5,1-2).

Santiago acude al mismo texto, pero lo refuerza con Gn 22,9-10 para hacer énfasis en una obra concreta: el sacrificio de Isaac. Éste es probablemente un relato de tradición elohísta que pretende condenar la práctica ritual del sacrificio de niños (Cf. Lv 18,21) propia de los pueblos cananeos, la cual pudo haber sido acogida en el principio por los israelitas. La obra que resalta Santiago no es la práctica ritual en sí misma del sacrificio que hace Abraham de su propio hijo por mandato de Dios, sino el hecho de que Abraham acepta siempre la voluntad de Yahvé por la fe en la promesa. La verdadera fe es aquella que se prueba con obras. De hecho, abandonar el cuchillo en el momento definitivo del sacrificio significaba romper con un rito que formaba parte de la tradición, por la fe en la promesa. Para Santiago las obras no son sustitutas de la fe, sino cooperadoras suyas, las que le dan la perfección. Esta perfección no la concede la Ley por razón de su ineficacia e inutilidad, así como tampoco concede la perfección del sacerdocio, según vemos en Hb 7,18-19.

En suma, una vez más los dos autores se encuentran hablando en registros diferentes, pero complementarios, lo cual los lleva a hacer una lectura diferente del mismo texto bíblico para demostrar tesis aparentemente opuestas. Sin embargo, hay que admitir que en este caso concreto la contradicción no es fácil de rebatir y siempre queda un margen para la duda.

Conclusión

Teniendo en cuenta los elementos analizados, tenemos que decir que no hay tal contradicción ni diferencia esencial de criterios entre Pablo y Santiago. Sencillamente, los contextos, los autores, los propósitos y los destinatarios de las epístolas son diferentes, pero el contenido del mensaje en el fondo es el mismo: la justificación obra por la fe en Cristo, fe que, si es cierta, debe traducirse en obras de caridad. Pablo, en su lucha contra los judaizantes, relativiza las obras de la ley en orden a la salvación, pero nunca niega – más bien afirma – que la fe debe ser operante, que actúa por la caridad (Cf. Ga 5,6). Santiago, con propósitos específicamente morales, exhorta a las comunidades cristianas a vivir una fe perfecta, es decir, expresada en obras concretas de amor al prójimo. Las aparentes contradicciones aparecen en el lenguaje y la argumentación bíblica, producto del contexto, destinatarios y propósito de los escritos.

Es posible que las comunidades a las que se dirige Santiago hubieran conocido los escritos de Pablo y los hubieran malinterpretado, como los malinterpreta la hermenéutica protestante; por eso Santiago se ve en la necesidad de enfatizar la importancia de una fe operante. Lo verdaderamente relevante es tener claro que Santiago no establece en su discurso un diálogo con Pablo, sino con gente que quiere escudarse en los conceptos paulinos para evadir el compromiso de la fe.

Esta situación la podemos verificar aún hoy en medio de nuestras comunidades. Encontramos “contemplativos” de tiempo completo; no me refiero a monjas o monjes de clausura, pues la teología espiritual nos enseña que la oración es una forma eficaz de apostolado, sino a quienes se refugian en los conventos para evadir su responsabilidad con los más necesitados. Encontramos “activistas”, que se sumergen totalmente en el trabajo pastoral hasta el punto de perder contacto con Dios en la oración; se convierten en agentes sociales muy valiosos, pero no en testigos del evangelio. Encontramos también “legalistas”, que cumplen todos los preceptos canónicos y litúrgicos, pero están muy lejos de la caridad cristiana. En fin, todos corremos el riesgo de convertir la religión cristiana en una caricatura, si no bebemos tanto de Pablo como de Santiago la esencia del mensaje evangélico: Cristo vino no para abolir la Ley, sino para darle perfección (Cf. Mt 5,17).


___________________________
Bibliografía

Nueva Biblia de Jerusalén. Desclée de Brouwer, Bilbao, 1998.
BECQUET, Gilles y otros. La carta de Santiago. Lectura socio-lingüística. Cuadernos bíblicos No. 61. Verbo Divino, Estella, (1989)2.
FERNÁNDEZ RAMOS, Felipe. Diccionario de San Pablo. Monte Carmelo, Burgos, 1999.
GUIJARRO, Santiago y SALVADOR, Miguel (Editores). Comentario al Nuevo Testamento. La Casa de la Biblia. PPC, Madrid, (1995)6.
LEVORATTI, Armando (Director). Comentario Bíblico Latinoamericano. Nuevo Testamento. Verbo Divino, Estella, 2003.

1 comentario:

  1. oscarferp5:22 p.m.

    Manifiesto mi acuerdo con el autor del ensayo, ya que una persona que tiene fe en cristo, la exterioriza con obras, que van implícitas, de manera natural sin que se espere un cvy (como voy yo).

    ResponderEliminar